Visitamos La Siesta del Fauno, el estudio de Ernesto Romeo, una tarde porteña. Afuera, Buenos Aires hierve y humedece; adentro, el silencio era otra cosa. Entras a La Siesta del Fauno y el tiempo se pliega. Una bóveda con el olor metálico de transistores calientes, donde un Mellotron de los 70 convive con modulares Buchla y Moog que, como entidades vivas, te observan. Es una zona de resonancia: entre cables, osciladores y memorias.
Ese zumbido constante, ese “casi vivo” que emana de los equipos en standby, es parte de la vida de Ernesto Romeo. Nos recibe con una sonrisa serena y los ojos del que ha pasado miles de horas frente a organismos electroacústicos . Un nombre que, para la escena electrónica de Argentina y Latinoamérica, no es solo sinónimo de teclados antiguos y patch cables: es un alquimista moderno cuya misión va más allá del sonido. Preservar, experimentar, enseñar. Volver sagrado lo analógico y lo digital. Hacer jam entre el pasado y el futuro.
Infancia & Voltaje
Antes del estudio, antes de Klauss, incluso antes del Prophet-5 que consiguió canjeando las ruedas de un Fiat 600, era un chico con discos de Vangelis en la cabeza y el anhelo de dialogar la energía no domesticada.
“Cuando comencé a querer ser músico fue a través de haber escuchado discos de música electrónica”, recuerda Ernesto. Tenía 20 años, en 1988, cuando finalmente consiguió su primer sintetizador. Era el inicio de un vínculo que ya no sería solo musical, sino casi filosófico.
Ese vínculo no tardó en hacerse colección : Romeo empezó a recuperar, revivir y cuidar sintetizadores analógicos como si fueran reliquias del futuro. Su hermano Lucas fue cómplice desde el principio. “Este Pro One lo consiguió mi hermano en un subterráneo”, dice como quien cuenta un hallazgo arqueológico.
Uno de sus tesoros más íntimos es un EMS Synthi AKS que perteneció a la compositora argentina Alicia Terzian. Ella lo había comprado en los 70 y luego lo dejó de usar. Romeo lo adquirió en 1994. Lo conserva, lo ama. No solo por su sonido. Por su historia.
“No se trata de nostalgia”, podría decir. “Se trata de calor. De voltaje. De alma.”
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Anatomía de un alquimista sonoro
Para Romeo, la síntesis no es sólo técnica. Es política sonora. Es estética. Es lenguaje. “Con el tiempo fui dándome cuenta que hay una identidad estética de lo electrónico, que tiene que ver con la propiedad de compartir el control con la electricidad”, dice en una entrevista reciente.
Hay algo en esa frase que explica mucho. En su forma de crear, las máquinas no obedecen: dialogan. Los sintetizadores no son herramientas; son compañeros semiautónomos.
“El hecho de poder dejar sonando algo y que eso genere un organismo evolutivo, eso me parece que, más allá del género musical, habla de una propiedad de la música electrónica o del arte sonoro electrónico”, explica.
Esa relación íntima con la electricidad redefine incluso lo que consideramos música. Porque si la tradición exige gesto humano constante, la síntesis puede abrir un plano donde el sonido se autoorganiza, donde la energía es también expresión.
Esa conexión que Romeo logra entre síntesis, intuición y voltaje no es técnica: es visceral.
La Siesta del Fauno
El proyecto nació en 2011, junto a Pablo Gil, amigo y técnico a quien conoció en los 90s cuando daba clases en la ORT. Lo que comenzó en los 90s como una sala de ensayo para Ernesto y Klauss se transformó, con el tiempo y, particularmente, con la fundación de La Siesta Del Fauno, en uno de los laboratorios sonoros más importantes de la región
Ubicado en Buenos Aires, La Siesta del Fauno tiene la apariencia de un templo secular. Tres salas. Cientos de instrumentos. Paneles acústicos, teclas que huelen a madera vieja, luces bajas. Cada rincón parece diseñado para provocar una emoción, un descubrimiento.
Ahí conviven sintetizadores vintage, modulares Eurorack, procesadores analógicos, equipos digitales, baterías electrónicas, pianos de cola y órganos Hammond Algunos instrumentos fueron rescatados del abandono. Otros, intercambiados en aventuras dignas de novela. Todos tienen historia.
El nombre del estudio, tomado del poema sinfónico de Debussy, es una clave estética. Una siesta fuera del tiempo, donde el fauno (mitad hombre, mitad bestia) toca su flauta y detiene el mundo. Eso hacen allí: detener el tiempo con sonidos.
Funciona como estudio profesional, como aula abierta y como museo sonoro. Se han grabado desde sesiones de experimentación pura hasta discos como el de Bajofondo, que quiso capturar “la vida” de los sintetizadores analógicos. “Una línea del CS80 se volvió protagonista sin buscarlo”, cuentan. “Así trabajan estas máquinas, te proponen cosas”.

No es exagerado decir que La Siesta del Fauno alberga una de las mayores colecciones activas de sintetizadores analógicos en el hemisferio sur. Pero Romeo no los muestra como trofeos. Son herramientas vivas.
Entre los favoritos figuran clásicos como el MiniMoog, ARP2600, EMS Synthi AKS, Yamaha CS80 y DX1 , Korg PS3300 y MS20, Buchla, Moog modular, Roland 100m, E‑Mu, Mellotron. También hay joyas menos conocidas: el Kawai 100F, con el que Ernesto aprendió síntesis FM analógica, o el Waldorf Wave
“Lo que más se busca hoy son las sesiones híbridas”, explica. Es decir, combinaciones de sintetizadores vintage con grabaciones de campo, improvisación, o instrumentos acústicos. También hay demanda de clases personalizadas: cómo modular, cómo componer sin partitura, cómo entender que un patch puede ser una forma de pensamiento.
Lo interesante es que muchos músicos jóvenes no buscan emular un sonido “retro”. Buscan el alma. Ese calor, esa tensión, esa imprevisibilidad que los plugins, con toda su versatilidad, no tienen
En una esquina del estudio, rodeado de cables y libros, Romeo enseña. Pero no desde la solemnidad de la cátedra, sino desde el entusiasmo de un niño que acaba de descubrir un nuevo tipo de modulación cruzada. Su labor docente, en instituciones como ORT, UNTREF o universidades internacionales,es también parte del proyecto.
“No me interesa enseñar fórmulas cerradas”, dice. “Prefiero que alguien entienda qué está ocurriendo al modificar un parámetro, que se pierda y descubra algo”.
Esa idea atraviesa toda su pedagogía: enseñar, para él, es habilitar desvíos. Hacer que el error funcione como brújula. Perder el miedo. Entender que una perilla mal girada puede ser el inicio de un nuevo estilo.
La Siesta del Fauno funciona también como aula viva. Se imparten talleres, clínicas y encuentros para músicos, productores y curiosos. Desde clases introductorias hasta sesiones avanzadas de síntesis modular. También se han ofrecido charlas sobre historia de la música electrónica y diseño sonoro.
En una reciente clase magistral en 343 Labs (Nueva York), Romeo explicó que muchos de los conceptos de síntesis actuales ya estaban presentes en máquinas analógicas de los 70. Lo que falta hoy, sugiere, es el vínculo corporal, el error, el accidente hermoso. “Cuando todo es perfecto, se vuelve aburrido”, dice.
Aunque su rol como docente y curador sonoro es central, Romeo no ha dejado de crear. Lo suyo no es un museo estático. Es un espacio en movimiento. Los proyectos que han nacido o pasado por La Siesta del Fauno en los últimos años lo prueban.
En 2024, junto al colectivo Outro, presentó “Manto Bruma: Sinfonía Electroacústica”, un concierto inmersivo con Buchlas, pianos intervenidos y sonidos de campo. Una obra a medio camino entre la instalación, el ritual y la improvisación.
También colaboró con Bajofondo, el grupo de Gustavo Santaolalla, grabando parte de su nuevo álbum en el estudio. La intención: registrar la vibración real de los sintetizadores analógicos, evitar la edición digital al extremo. Buscar algo crudo, vivo. “En ese disco, cada toma es casi una performance”, explicó.
Además, sigue activo con su proyecto Klauss, banda de culto en el circuito electrónico experimental argentino desde fines de los 80. Aunque no editan discos con frecuencia, sus presentaciones son viajes hipnóticos donde el tiempo y el groove se deforman. No es dance music. Es trance eléctrico.
La figura de Ernesto Romeo ha crecido como referente no solo en Argentina, sino también en Latinoamérica y Europa. Su nombre aparece citado junto al de artistas como Suzanne Ciani, Morton Subotnick o Alessandro Cortini, con quienes comparte una visión: la del sintetizador como extensión poética del cuerpo y la mente.
Ha sido invitado a festivales internacionales, laboratorios sonoros y residencias. Desde Barcelona hasta Berlín. Pero su rol como mentor en la escena local es aún más significativo. Músicos jóvenes lo buscan no solo por su conocimiento técnico, sino por su sensibilidad.
No hay vanidad en su manera de hablar. No hay branding. Solo devoción. Y eso es raro.
En un mundo donde todo se mide por followers y algoritmos, Romeo sigue creyendo en otra alquimia: la del voltaje que conmueve.
Algunos podrían ver su cruzada por los equipos analógicos como una forma de fetichismo tecnológico. Pero eso sería quedarse en la superficie. En realidad, Romeo lucha contra algo más profundo: la obsolescencia emocional.
En un entorno donde los sonidos se han vuelto presets, donde las texturas se copian y pegan, él insiste en la unicidad del momento. Cada grabación en La Siesta del Fauno es irrepetible. Cada interacción con un sintetizador, única.
“La mayoría de los sintetizadores digitales de los 80s y 90s no te daban acceso directo a los parámetros. Todo era críptico. Una pantallita, un número, un valor. Eso te desconectaba”, dijo una vez. Por eso defiende la interfaz física. Porque tocar perillas es tocar sentido.
Esa filosofía no es solo sonora. Es política. Es afectiva. Es, en última instancia, una defensa de la experiencia humana.
El último patch
La jornada en La Siesta del Fauno nunca tiene un cierre claro. No hay horarios rígidos. A veces, una idea que nació en una masterclass de síntesis FM termina horas después como textura en una obra de teatro o como base para una colaboración con otro artista. Lo que sucede allí no sigue la lógica de la industria. Sigue el pulso de la curiosidad.
Ese enfoque define por qué La Siesta del Fauno es diferente a cualquier otro espacio de grabación. No solo por cómo suena cada rincón del estudio. No es la cantidad de máquinas lo que impacta, sino su disposición, su historia y su carácter. Un CS80 puede ser el susurro de una atmósfera o el grito de un clímax; un Buchla, un diálogo con el caos. No están para ser mostrados: están para ser provocados.
“No es una cuestión de qué suena más ‘analógico’”, explican quienes han grabado allí. “Es una cuestión de qué suena más vivo”.
Y es desde ese cruce entre lo técnico y lo emocional, lo ancestral y lo futurista, que Ernesto Romeo se vuelve central para la música electrónica argentina. No solo por su talento, que lo tiene, ni por su conocimiento, que es inmenso. Sino porque ha creado un espacio donde se escucha distinto: el pasado se electrifica y el presente se desacelera lo justo para poder escucharlo.
Un eslabón entre épocas. Un hacker sensible. Un pionero que, en vez de mirar hacia atrás, respira profundamente y vuelve a encender el sintetizador.


