La escena electrónica underground promete un espacio de libertad en el que muchos confían. Hace un par de años, una artista con una carrera construida dentro de ese circuito se dio cuenta de que esa libertad se había transformado en una trampa de autocontrol.
Este texto nace de ese gesto concreto, de la sospecha de que no es un hecho aislado. Y de una investigación que llegó a nuestras manos sobre salud mental en músicos independientes.
Para la lógica y el entendimiento de este artículo, definiremos ‘underground’ como la comunidad que se mueve fuera del mainstream, que es independiente, autogestionada, que se vincula con el arte desde la genuina necesidad de crear. Sabemos que existe un underground completamente desconectado de redes, que rechaza cualquier visibilidad. Sabemos también que ‘underground’ se ha convertido en marca, en estética consumible. Este artículo habla de lo que queda en el medio: espacios donde la intención es real, pero el sistema ya entró.
LA PREGUNTA QUE POCOS HACEN
Yulav, artista y DJ rusa que había construido una carrera en Berlín, China y su propio país, tomó la decisión de abandonar completamente el círculo underground. Dejó de curar música electrónica en redes, algo por lo cual era reconocida. Perdió seguidores para luego mutar de audiencia. Ese fue el costo de abandonar la narrativa que la definía. Tras darse cuenta de que esa comunidad era un ecosistema donde el sufrimiento se ritualiza sin resolverse realmente, rompió ese pacto o idea de que “si sufres, eres auténtico”.
“Los círculos de arte y música, especialmente underground, son una tortura para la salud mental”, dijo en uno de sus videos.
Los comentarios que llegaron iban en la misma línea. Una persona escribió: “La escena atrae a gente que está lidiando con problemas y se retroalimenta mutuamente de esos problemas.” Otra: “Después de irme, me di cuenta de que hay gente que decidió no enfocarse en eso y se siente real, saludable y próspera.”
Durante la pandemia, muchos músicos decidieron dedicarse plenamente a la música. Cuando todo se cerró, confrontaron por primera vez sus deseos genuinos. Yulav también fue parte de eso. Pero luego vino el retorno, y con él, la realidad económica. Mientras algunos pudieron elegir alejarse como ella, para muchos otros esa opción no existe. La pregunta es cuántos más están en esa situación.
ANÁLISIS DESARROLLADO POR LA UNIVERSIDAD ACADEMIA DE HUMANISMO CRISTIANO
Investigadores de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano (Daniel Klauser, Roxana Molina y Rodrigo Torres) se hicieron esa misma pregunta. Lo que encontraron es que esa experiencia se repite demasiado como para explicarse caso por caso.
Según Record Union, aproximadamente el 73% de los músicos independientes han experimentado efectos negativos en su salud mental. Tres de cada cuatro.
Este diagnóstico converge con investigaciones internacionales. Kegelaers et al. (2022) en artistas de música electrónica y Musgrave, Gross y Carney (2024) en “When Music Speaks” confirman que el cuadro que Klauser describe no es aislado sino estructural. El mismo patrón aparece en contextos geográficos y poblaciones distintas.
LA ILUSIÓN DE LA LIBERTAD
Un productor trabaja 8 horas en algo que no es música, para pagar su vida. Luego produce 5 horas en casa. Luego gestiona redes. Duerme poco. Se despierta y repite. Y aparece la sensación de libertad porque nadie lo obliga.
En el entorno underground, el artista no se siente como un trabajador precario. Se siente como un emprendedor. Es lo que Mark Fisher llamó “Realismo Capitalista”: la sensación de que el capitalismo es el único sistema posible, tan omnipresente que se vuelve invisible.
Una encuesta de la Pete Tong DJ Academy (2025) con 15.000 DJs reveló que 61% cree que las redes sociales son ahora más importantes que el talento musical. El algoritmo decide quién sigue en juego.
Uno de los artistas que consultamos para esta nota comentó: “Es algo que odio hacer, que poco entiendo y que tampoco sé hacer bien. No me gusta jugar ese juego… Los resultados son mínimos o nulos, a menos que inviertas mucho dinero, y asimismo, no hay garantía de nada.”
Y aquí Klauser lo nombra: lo que parece vulnerabilidad individual es, en realidad, una subjetividad colonizada. El mercado opera de forma tan eficiente que los artistas ya no sienten la explotación como tal. La sienten como libertad personal, como proyecto de sí mismos, y ahí está el peligro: cuando no reconoces que estás siendo explotado, no puedes resistir.
Byung-Chul Han lo describe como la trampa de la psicopolítica moderna: cómo el capitalismo coloniza la subjetividad, convirtiéndola en un proyecto permanente de optimización. “El yo como proyecto que cree haberse liberado de presiones externas se somete a presiones internas: la exigencia permanente de rendimiento.”
La artista cree que es libre. Pero muchas de esas decisiones ya están condicionadas desde adentro. Sin jefe que ordene. Con un algoritmo que seduce. Mucho más efectivo.
LA AUTOEXPLOTACIÓN Y SU PRECIO
El circuito underground vende lo que la industria comercial no puede: autenticidad. Comunidad real. Libertad creativa. Eso existe.
Pero viene con una trampa económica que lo sostiene todo. El underground no inventa esas condiciones: las recibe de un mercado musical y laboral ya precarizado. Lo que hace es darles una forma propia, con su comunidad, su identidad y su sentido de pertenencia.
Yulav llegó a Berlín buscando eso. Encontró colectivos experimentales, DJs que no dormían porque estaban demasiado ocupados produciendo. Nadie aclaró el precio: trabajar gratis, vivir de ahorros, trabajos paralelos, gigs esporádicos que no cierran números.
Precariedad involuntaria y el sueño de que eso terminaría.
Un artista opera sin contrato, sin seguridad laboral, sin pago mínimo garantizado. Con miedo e incertidumbre.
Según Pirate Studios (2021), el 85% trabaja full-time o part-time en otro sector mientras intenta construir su carrera. Algunos reportaron tocar 62 gigs al año, además de su empleo regular.
Son las 4 de la mañana, editando reels del último gig. El siguiente está programado para el sábado. Faltan 48 horas. No hay descanso entre medio: esperar que el próximo stream tenga más visualizaciones que el anterior, que alguien lo comparta y así, esperando.
Esto no es simplemente un inconveniente financiero. Es fragmentación permanente: no hay frontera entre lo laboral y lo personal, el trabajo no tiene límites espaciales ni temporales. Eso genera algo más profundo que “sólo cansancio”: la sensación de que nunca es suficiente, de que siempre estás fallando, de que tu valor nunca es completo.
En Spotify, cada stream paga 0.003€. Un artista con 10.000 streams mensuales gana 30€. Todo va al siguiente viaje, al siguiente equipo.
Y según Musosoup Census 2024, el 72% de artistas gasta más dinero en su práctica creativa de lo que genera.
Es decir: inviertes tu vida entera en algo que financieramente nunca cierra. Y la ilusión que sostienes es que “pronto” cierra: próximo gig, próximo stream. Para muchos, ese momento nunca termina de llegar.
Jepson et al. (2025) confirma que la presión de redes sociales es el factor más significativo en la mala salud mental de músicos. Trabajar 18 horas sin paga, sin descanso, termina siendo normal. No parece explotación cuando es tu identidad.
Cuando la comunidad no puede sostener económicamente a sus artistas, el sufrimiento compartido puede terminar funcionando como pertenencia. Y entonces salir es morir: no solo se pierden los gigs, sino que se pierde el único lugar donde se sienten parte.
Yulav lo vio: “Cuando estás en esta comunidad, te sientes visto, comprendido y tus heridas no se sanan sino que se cubren.”

LA CLASE INVISIBLE
El circuito underground funciona como un anestésico social. Y eso solo funciona para quienes pueden pagar el precio financiero y emocional.
La clase invisible es evidente cuando observas quién puede quedarse. Muchos artistas se mudan de ciudad con una red de seguridad: dinero, visas, contactos. Pueden sobrevivir sin un solo gig pagado. La precariedad no es un problema, es más bien una estética.
Para artistas sin red de seguridad, es un riesgo real. Tocar gratis durante dos años es una apuesta si hay una familia detrás. Sin ella, son dos años de deuda.
La precariedad (en lo económico, no en la calidad y producción) tiene dimensiones específicas que funcionan juntas: ingresos inestables, multiactividad (trabajas en lo que sea), multiempleo (múltiples gigs mal pagados), sin protección laboral, degradación social (tu trabajo como DJ no es visto como “trabajo real”).
El entorno premia exactamente eso: los que pueden permitirse la precariedad como estética.
El mismo estudio reveló que el 62% percibe la industria como un “closed club” con acceso determinado por factores externos, no solo por talento. El capital social abre puertas. La visibilidad las mantiene abiertas.
Esto no describe toda la escena, pero sí un patrón suficientemente extendido como para no ser ignorado. Solo quienes cuentan con un círculo cercano de contención o bien pueden pagarse la salud mental terminan permaneciendo en el circuito. Los demás desaparecen.
AUTOMEDICACIÓN Y SALIDA
Julian Muller, DJ y productor, lo articula bien: “La escena se mueve rápido. Los BPMs suben, los vuelos se desdibujan en after parties, y el burnout es solo parte de la rutina. Pero ¿qué pasa cuando el cuerpo no puede seguir el ritmo implacable de la industria?”
“Touring significa no dormir, comidas inconsistentes, un cerebro sobreestimulado sobreviviendo de pura adrenalina. No hay tiempo para reflexión cuando el próximo gig siempre está a la vuelta de la esquina.”
Y luego: “No puedes derramar de una taza vacía. Si no empezamos a cuidarnos a nosotros mismos, la comunidad tampoco sobrevivirá.”
NAINA, DJ y label boss londinense, experimentó el burnout: “Es difícil cuando te vuelves independiente. Puedes estar enterrado en tantos proyectos que olvidas tomarte tiempo libre. Pero tienes que experimentar un burnout para evitarlo nuevamente. Descubres tus límites.”
Para ella, el descanso fue supervivencia.
Hay salida cuando nos permitimos parar. Cuando permitimos que la creatividad sirva para procesar, no para quemarse.
Las intervenciones existen, pero muchas llegan tarde, y los músicos independientes no pueden costearlas: el 54% cita el dinero como obstáculo.
La automedicación no es una patología individual. Es más bien una respuesta racional a unas condiciones sin salida. Cuando trabajas sin protección, sin contrato, sin certeza, cuando tu salud mental depende de un algoritmo, cuando la única comunidad que te entiende es la misma que te está destruyendo, ¿qué alternativas tienes?
En ese contexto, la droga y el alcohol terminan siendo más accesibles que la terapia o que un contrato laboral.
Los testimonios de Muller y NAINA apuntan a lo mismo: estabilidad laboral, contratos, pago mínimo, terapia accesible. Espacios donde la vulnerabilidad no sea moneda de cambio.
El problema no es que no sepamos qué hacer. Es que hacerlo significaría transformar el underground en algo que ya no sería underground.
¿De quién es la responsabilidad? ¿A quién acudimos?
El sistema sobrevive porque hay gente atrapada. Y nosotros, cada vez que consumimos sin preguntarnos nada, ayudamos a sostenerlo.
EL SÍNTOMA
La honestidad de Yulav es incómoda porque revela la mecánica.
Pero aquí está la contradicción clave: muchas de las cualidades que hacen valiosa a la escena (riesgo, intensidad, experimentación radical) emergen precisamente en ese contexto de inestabilidad y vulnerabilidad.
El underground produce lo mejor porque produce lo más frágil. Y la fragilidad, a veces, destruye.
¿Puede separarse eso? ¿Se debería intentar?
Yulav dijo: “Creo que puedes hacer más, ir más lejos, profundizar y ver cómo la vida se revela para ti.” Eso es una invitación a otro tipo de carrera creativa.
Cuando prefiere “música y arte más ligero que surge del conocimiento y la paz”, rechaza la ecuación que dice que para ser auténtico necesitas sufrir.
“No me gusta la música underground, es demasiado deprimente. Mi estilo de vida cambió drásticamente.”
Su decisión dejó algo en evidencia: que para muchos otros, irse es imposible. No porque les falte coraje. Sino porque el entorno se ha convertido en lo único que los define.
Para ellos, abandonar significa abandonar su identidad.
La comunidad que puede destruirte es también la que te entiende sin que hables. Y de esa misma precariedad que agota sale la intensidad que no encuentras en otro lado. Muchos de los que están adentro lo saben. Siguen de todas formas.
La pregunta que importa es si el underground puede reaccionar a tiempo, y si al hacerlo dejaría de ser lo que es. Porque “el underground” somos todos: los que programan, los que tocan, los que bailan.
Algunos ya empiezan a moverse. Eme DJ (Marta Fierro), DJ y productora española, lanzó “Depresión en la Cabina”: jornadas sobre salud mental en la escena underground, rompiendo el silencio.
Cuando preguntamos qué los mueve a seguir, las palabras que más se repiten no son dinero ni reconocimiento. Son creatividad y comunidad. Alguien escribió que ser DJ le permite expresar una parte de sí que no encuentra en otro lugar.
Eso es lo que la escena produce y no se produce igual en ningún otro lado. El problema nunca fue la comunidad: fue la comunidad usada como reemplazo del pago. Falta infraestructura, confianza y seguridad.
Lo más revolucionario que puede pasarle al underground es descubrir que la trampa es visible y aun así poder elegir cómo responder.
FUENTES Y REFERENCIAS
INVESTIGACIÓN BASE
Klauser, D., Molina, R., & Torres, R. (2024). Problemática de salud mental en músicos independientes. Universidad Academia de Humanismo Cristiano.
ANÁLISIS TEÓRICO
Fisher, M. (2016). Realismo capitalista. Editorial Caja Negra.
Han, B. (2021). Psicopolítica. Herder.
Pérez Soto, C. (Citado en Klauser et al., 2024). Análisis del hedonismo contemporáneo y la reducción de la música a “producto de consumo rápido” en redes sociales.
INVESTIGACIÓN INTERNACIONAL
Kegelaers, J., et al. (2022). “Performers of the night: Examining the mental health of electronic music artists.” Psychology of Music, 50(1), 69–85.
Musgrave, G., Gross, S., & Carney, D. (2024). When Music Speaks: Mental health in the Danish music industry. Partnership for Sustainable Development in Music.
Loveday, C., Musgrave, G., & Gross, S. (2023). “Predicting anxiety, depression, and wellbeing in professional and nonprofessional musicians.” Psychology of Music, 51(5).
Musgrave, G., et al. (2025). “Working in the Content Factory: Musicians’ social media use and mental health.” Frontiers in Psychology, 16:1542407.
Jepson, R., Sims, M., Ravalier, J., & Brougham, R. (2025). “Exploring the Mental Health Challenges of Music Industry Professionals: Recommendation for an Industry-Wide Code of Practice.” Sage Journals. https://journals.sagepub.com/doi/10.1177/20592043251394824
INVESTIGACIÓN DE INDUSTRIA
Pirate Studios (2021). Mental Health Survey of 1,500 DJs. DJ Mag, agosto 2021.
Musosoup (2024). Musician’s Census 2024: Independent Musicians Face Market Oversaturation and Financial Uncertainty.
Pete Tong DJ Academy (2025). Survey of 15,000 DJs and Producers on Electronic Music Industry Challenges. Presentado en International Music Summit (IMS), Ibiza, abril 2025.
TESTIMONIO Y COMUNIDAD
Yulav (artista, DJ) — Posts sobre abandono de escena underground. Instagram, 2024-2025.
Julian Muller (DJ, productor underground) — “Mental health, Lyme disease, and the responsibility of DJs.” Playful Magazine, 2025.
NAINA (DJ, label boss, Londres) — Testimonios sobre burnout, límites y descanso como supervivencia. 2021-2025.
Eme DJ / Marta Fierro (productora, DJ, España) — Iniciativa “Depresión en la Cabina” sobre salud mental en escena underground. 2023-2025.
South Plug. Investigación Sectorial: encuesta anónima a artistas, productores y visualistas de Iberoamérica.

